Mandó a matar a su Entrenador, pero se arrepintió a tiempo

Era una de las grandes figuras de la NBA, pero sufría una adicción que le cambió la vida. Sufrió mucho y llegó a contratar sicarios para vengarse.

Spencer Haywood nació en Misisipi en 1949 pero durante su adolescencia su familia se mudó a Detroit y él comenzó a jugar en el Instituto Pershing. Su calidad era notoria, lideraba a su equipo y era una de las grandes figuras del certamen, lo cual le permitió a su instituto lograr el campeonato estatal.

Su paso por la universidad fue breve: un solo año en Detroit Mercy y la rompió: 32.1 puntos y 22.1 rebotes de promedio. El salto a la NBA estaba al caer. No solo eso, fue citado con la selección de Estados Unidos para disputar los Juegos Olímpicos México 1968. Fue una de las grandes figuras del equipo que ganó la medalla de oro.

Saltó a la ABA con Denver Rockets y tuvo un gran año, lo que le permitió llegar a la NBA elegido en el draft por Buffalo Braves. Tras pasar por varias franquicias llegó a Los Angeles Lakers para la temporada 1979/1980, allí compartió equipo con dos leyendas: Magic Johnson y Kareem Abdul-Jabbar y logró el campeonato.

Si bien él llegó como para ser una de las figuras, el Entrenador que lo llevó, Jack McKinney, tuvo un accidente y debió dejar el equipo, fue reemplazado por Paul Westhead. Y las cosas empezaron a cambiar para Haywood. “Comencé la temporada sólidamente: 16 a 17 puntos por partido, rebotes fuertes, buena defensa. Estaba en un momento maravilloso”, comentó Spencer en una entrevista con la revista People.

 Luego agregó: “Me sentía sin manos, como si ya no tuviera dedos. Magic me daba buenos pases, y yo no los podía alcanzar. Me negué a creer que fueran las drogas, a pesar de que estaba usando Quaalude, Valium, alcohol y otras cosas para reprimir la fiebre de la cocaína. Pensé que tal vez Magic estaba dando demasiados giros en los pases, tal vez incluso para hacerme quedar mal”. Su adicción a la cocaína, que cada vez lo volvía más dependiente, estaba haciendo daño en su salud y en su vida.

“Todo se desmoronó durante las finales de 1980 contra los Philadelphia 76ers. Después de quemarme el cerebro en un bar, me presenté a practicar por la mañana. Lo primero que te hacen hacer es elongar. Me acosté y notaron que no me estaba moviendo. Mis compañeros me susurraban: ‘¡Wood!, despierta!’, pero no me movía. Muy pronto todo el equipo se reunió a mi alrededor, imaginando que estaba muerto. Finalmente me sacaron de allí y Westhead me envió a casa”, relató Spencer.

Ya no jugaba tanto en el equipo, entraba en la rotación pero sus minutos y su protagonismo fue disminuyendo considerablemente. La situación para él empeoró cuando su Entrenador presenció una discusión con dos compañeros. Pasó lo peor para él: fue expulsado de los Lakers.

Camino a su casa y bajo el efecto de la cocaína, llamó a un amigo que era gángster en Detroit y le dijo que tenía un trabajo para él. Se reunieron y le dijo: “Westhead debe morir”. Le dio toda la información que tenía sobre su ahora ex Entrenador, era el culpable de toda su ira.

Pero, tras unos momentos de tranquilidad y limpio de drogas, Spencer comenzó a pensar mejor las cosas. “Llamé a mi madre en Mississippi. Se estaba muriendo de cáncer en ese momento. No le dije lo que estaba planeando, solo que estaba enojado. Ella me dijo: ‘Estás haciendo algo que no es bueno, ¿verdad? Si haces algo malo, te entregaré yo misma. No crié un tonto’. Ella comenzó a llamarme cada 15 minutos, y hablamos mucho. Me hizo entrar en razón”, comentó Haywood.

Inmediatamente llamó a su amigo y le pidió que cancelen la operación. Los Lakers fueron campeones luego de derrotar a Philadelphia 76ers por 4-2 y a Haywood lo mandaron a jugar a Italia el año siguiente.

En 2015 fue homenajeado por la NBA e ingresó al Salón de la Fama, a 32 años de su retiro. Además estuvo seis años como presidente de la Asociación Nacional de Jugadores Jubilados. Nada pudo recuperar todo lo que perdió por su adicción a la cocaína.

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